Lo que mejor podemos desear, porque es nuestra mayor ganancia, es pactar con la santidad de Dios.
Madre Mercedes de Jesús,  Monja de la Orden de la Inmaculada Concepción.  1935-2004
La Creación




Monasterio de la Inmaculada
y de Santa Beatriz
Monjas Concepcionistas O.I.C.

Calle Virgen 66
13600 Alcázar de San Juan
(Ciudad Real)
España

Telf.: 926 540 009
Llamadas de 9 a 13 h.

Horarios de celebraciones
en el Monasterio

Vísperas:
A las 18.30 h. en verano
A las 17:30 h. en invierno

Eucaristía:
Laborables y festivos
a las 19 h. en verano
y en invierno a las 18 h.

Día 24 de Diciembre a las 24 h.
(Misa de Gallo)






Trabajos en la huerta


La Comunidad trabaja en restauración de imágenes, restauración de muebles antiguos, pintura al óleo, iconos, esmaltes, cirios, encuadernación, huerta y arreglo de jardines.

IconosEncuadernaciónRestauraciónLáminasEsmaltesCiriosTrabajos en la huerta


"Dios creó al hombre a su imagen y semejanza... y le puso en el jardín del Edén para que lo cultivase". (Gn. 1, 26: 2, 8). Con este espíritu hacemos nuestro trabajo convirtiéndolo en un canto de alabanza al Creador de todas las maravillas del Universo. Por mucho que comprometa lo dirigimos a la contemplación.

Que, como María, ver lo creado sea para nosotras recordar la existencia del Creador y sentir su presencia divina, amorosa, santa, transformante, nueva.

¿Qué otra cosa, pues, podrían ser los perfumes de Dios si no es su santidad derramada en María y en toda la creación, su santidad derramada en la redención, su santidad derramada en la resurrección para llevar nuestro ser a la madurez plena y así consumar nuestra creación?



El trabajo, el arte, reclama la atención y las actitudes de la Monja, obediente al proyecto creador del Padre. La Concepcionista sabe, que su trabajo entra en la gran liturgia del cosmos, y se convierte en oración ofrecida al Padre por Cristo, Señor de la historia.

Por ello, la Monja, no hace su trabajo, aunque sea intenso, sin el aspecto contemplativo. Acción y contemplación se unen en ella, complementando su tarea, que ofrece, como un canto, al Creador de todas las maravillas del universo.

La Monja concepcionista sabe que ha de ser responsable del trabajo que la obediencia le encomienda, y ha de llevarlo a buen fin. Sabe, que trabaja no sólo para frenar el cuerpo y para solventar las propias necesidades de la Comunidad y su abastecimiento, sino también para el prójimo, siguiendo las palabras del apóstol san Pablo que dispone: “afánese trabajando con sus manos en algo provechoso, para poder dar al que tiene necesidad”.



La Monja ha de estar ocupada en trabajos bien organizados, convirtiendo el mismo trabajo en escudo espiritual contra las asechanzas del mal. Ha de servirle para su perfección espiritual. La Concepcionista sabe que todo esfuerzo y trabajo, si no está unido a la oración, es extraño, y puede convertirse en peligro para su santificación, por eso lo realiza por amor a Dios y lo santifica por el espíritu de oración. Y lo hace oración misma, como le enseña el Señor y la tradición monástica con esta enseñanza: “Santificad vuestras manos con el servicio que os fue encomendado, para ofrecer a Dios un sacrificio agradable”.

También la propia espiritualidad de la Concepcionista le descubre la razón del trabajo. Ya desde el comienzo de la creación humana, Dios asoció al hombre al trabajo. La Biblia dice: “Tomó el Señor Dios al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivase. Así quedó el hombre también en esto semejante a Dios, el cual, no ha interrumpido su donación y sigue trabajando en su sábado eterno.



Hoy la Monja rotura la tierra con los medios técnicos que la sociedad le ofrece más suaves, pero, ante todo, ella ve en los surcos que la máquina hace en la tierra, los nuevos caminos que ella va abriendo en su espíritu, cultivándole, ordenando las propias tendencias y pasiones hacia Dios.

De aquí también la denominación de “santa obediencia” con que se designa, en lenguaje monástico, el trabajo de la Monja.

De ello se está beneficiando no sólo la Monja, sino el trabajo mismo, pues el pensamiento que la Monja tiene en Dios, que mira su trabajo, le impulsa a trabajar con ardor, en hacer bien lo que le toca hacer, revertiendo lo que hace en su propia perfección.

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